Leyendas de Quintana de Fuseros

La Moura
El Señor del Carro de Oro
Los Caballeros Gigantes
Las Torcas
El Monasterio de Santa Leocadia
La Vega de San Claudio
El Día de la Gran Quemada
La  Batalla del Era
La Cruz Cercenada

 

       En la escuela, un día a la semana el maestro asignaba como tarea una redacción, siendo, entre muchos temas, los de un cuento o leyenda entorno al pueblo los preferidos de sus alumnos, y, de todos ellos, los favoritos eran éstos.

 

El lago del Moural, La Moura o el Castro de la Pinilla

    El lago del Moural se encontraba a los pies del castro de la Pinilla, apéndice de esquisto, de pizarra cérica y carbón, ocupando lo que actualmente es la escuela y los campos de deportes de Quintana de Fuseros. Una gran roca, prolongación del castro que aún aflora en alguna calle del pueblo, cerraba el cauce del río Era formando así un lago en el que los antepasados, una tribu astur llamada Tagarros, lavaban las arenas en sus orillas, arrastradas por el agua desde las montañas de Piedrafita, la ladera de Carrallavada, la Llaviega, Llavallolos y la Muela. Las rocas, como la Peña del Era o las de Pedregales eran escachadas  y molidas arrojándolas a los arroyos y ríos, donde los fosores, o cavadores, buscadores de oro, las recogían cavando las arenas y bateando la misma en el agua con pequeñas artesas. Esta técnica la habían aprendido de los griegos, por eso al lado de Piedrafita está el Teso del Griego. Más tarde los romanos ocuparon los territorios de los astures empleando nuevos métodos de explotación, como el desecado de lagos y lagunas, picando la roca que se atravesaba en el río, lo que ocurrió en el lago del Moural, la Lavandera y Fondo las Llamas.
    Su nombre proviene de la palabra oro, ouro, oural, lugar del oro, así como los entes míticos, llamados mouros, que custodiaban en las cuevas de las rocas de las montañas los áureos tesoros, y le añade la m el significado de agua que esta letra posee en el alfabeto fenicio.
    Esto explicaba el maestro y mandó redactar la leyenda de una joven lavandera y una moura, como habían oído contar a las abuelas en las noches de tertulia mientras hilaban la lana con la rueca, y les enseñaba que los mouros eran personajes míticos, gigantes que podían tomar diversas formas, unas veces humanas y otras misteriosas y terroríficas para ahuyentar, infundiendo pavor, a los intrusos que se atrevían a ir a robar sus tesoros. Incluso se decía que todo lo que tocaban se convertía en oro.
    Es así como transcribieron los niños la narración que titularon como mejor les pareció, unos como la Leyenda del Moural, otros de la Moura, unos terceros del Castro de la Pinilla.
    Érase una vez una joven madre que desde su poblado, junto al castro de las Torcas, bajó al lago del Moural a lavar la ropa de casa, que era mucha, pues tenía varios hijos, muy retozones y traviesos, y su marido, como todos los de la tribu, se dedicaba a buscar la fortuna cavando y lavando las arenas en busca de las raras pepitas de oro y, otras veces, tenía que alistarse en el ejército para defender los poblados y el territorio que ocupaba el clan. Las mujeres se dedicaban a la agricultura y las tareas de casa, eran las organizadoras de la familia, como indica el topónimo conservado del poblado que fue, llamado Ciudad de las Viellas o el de Corralín de las Viellas.
    Después de un día muy atareado, al final de la tarde, se encontraba la joven lavandera haciendo su colada arrodillada en la orilla del lago. El sol aún calentaba su espalda y brillaba en el agua remansada mientras ella blanqueaba la ropa y la restregaba suavemente y agitaba con pequeños golpes sobre una piedra llana, provocando que pompas multicolores de jabón se esparcieran sobre un trozo de la superficie del lago. Sin dejar su quehacer, observaba las pequeñas esferas policromadas que se movían lentamente y explotaban al chocar unas con otras esparciendo sus matices, no haciendo mucho caso de un pequeño llanto que se escuchaba. Pero he aquí que llama repentinamente su atención una desmesurada imagen que surge sobre el agua, era la figura reflejada de una Moura con su hijo en brazos, que lloraba aquejado por la molestia de no haber comido.
    Tornándose la lavandera pausadamente, sin decir nada, casi asustada, contempla a la gigantesca Moura, que callada, le muestra su vástago gimoteando. Transcurrido un pequeño trecho de tiempo ésta le hace ademán de entregarle el hijo a la mujer para que le diera el pecho, pues ella aún amamantaba a uno de sus pequeños. La lavandera, vacilante, no sabía qué hacer, pero ante la insistencia de la Moura y los lloros del retoño de la gigante, que la conmueven, lo toma en sus brazos y se dispone a darle de mamar.
    Mientras en ello estaba, la Moura se dirige y sube al Castro de la Pinilla y, aún no habiendo finalizado de alimentar aquella al pequeño, regresa con el mandil arregazado lleno de piedras negras, que, agradecida, coloca y hace un fardel en un paño de la lavandera.
    Al despedirse la moura le recomienda que no abra la anudada bolsa hasta llegar a casa.
    "No, no, la Moura me dijo que no desanudara el paño hasta llegar a casa. ¿Qué será?" se preguntaba la lavandera cada vez que la curiosidad probaba su voluntad. Entre estos pensamientos y tentaciones finalizó su colada, recogió la ropa blanqueada y dispuesta a marchar a su poblado tomó el fardelito que la Moura le había dado. Al levantarlo reparó en su peso, y mirando alrededor, viendo que había desaparecido la dadivosa gigante y que nadie la observaba, sin dudarlo desató la taleguilla y ¡Oh, qué sorpresa!, sus ojos sólo vieron piedras negras, carbón de las venas del Castro de la Pinilla. Decepcionada dejó que se escurrieran del paño cayendo al agua.
    Superada esta impresión, no pasa nada, se dijo, y se marchó a su casa, mas tendiendo la ropa para que secara, al tomar el paño todavía anudado con el que la Moura había hecho el fardel, vio relucir una de las piedras que engarzada a un nudo había quedado. Se había convertido en oro.
    Un sofocón se apoderó de ella y, olvidándose de la ropa, corrió camino abajo hasta el lago del Moural, al lugar donde había tirado las piedras. Pero he aquí que éstas ya no estaban, la Moura las había recogido y ya se perdía en la cima del castro, volviéndose sólo para recriminar el desprecio. La lavandera, a pesar que su corazón latía vivamente, se quedó helada viendo cómo la Moura se esfumó dentro del esquisto del Castro de la Pinilla sobre el lago del Moural.  
  

El Señor del Carro de Oro

      En el castro la Mata Torre tuvieron los romanos una guarnición militar desde donde controlaban todos los acontecimientos del Campamento ubicado en el lugar de Quintana de Fuseros que llaman las Eras, la Carnera y la Cadorniza.
    La Vía que unía los emplazamientos militares y ciudades, como Bergidum, Interamnium, que estaba al lado de este campamento, hasta Legio VII y, más allá, Cesar Augusta, cruzaba junto a esta torre.  Por esta vía pasaban los correos imperiales y el oro que partía para Roma, metal que era custodiado en este baluarte mientras se creaba una partida de interés hasta su envío. Aquí se convertía en barras e incluso, se confeccionaban adornos para regalos y otros enseres encargados por los legionarios que se licenciaban o iban con permiso a visitar a sus familiares, y también por los que se quedaban viviendo en Interamnium Flaviun, donde convivían con sus esposas y prole, y así lo hacían los artesanos, carreteros y reparadores de armaduras.
    Esto, realmente, el tiempo lo ha borrado y sustituido por una leyenda, que casi convertida en resumen, los alumnos de la escuela la narraron de esta manera:
    "Todo era de oro, el carro era de oro, las ruedas eran de oro, los caballos que tiraban por el carro llevaban sus aparejos adornados de oro, completamente lo que había en este castro era de oro.
    El dueño vestía tocado de oro, sus utensilios eran de oro, ornamentos de oro decoraban sus casas y jardines, en oro se bañaba. Todos los días salía con su áureo carro de ruedas de oro y regresaba al atardecer con el carro cargado de oro tirado por sus caballos llenos de adornos de oro.
    Nadie podía acercarse al castro del Señor del Carro de Oro, estaba encantado por un Mouro y el que ello osara no regresaba. "  

 

Los Caballeros Gigantes

    El maestro había explicado la semana pasada que los mouros eran personajes míticos, gigantes que podían tomar diversas formas, unas veces humanas y otras misteriosas y terroríficas para ahuyentar, infundiendo pavor, a los intrusos que se atrevían a ir a robar sus tesoros. Incluso se decía que todo lo que tocaban se convertía en oro.
    Sus alumnos discrepaban, por lo que les habían contado, de dónde eran los gigantes montados a caballo. Unos decían que del Castro de la Torquina, otros que del Torcanón, por lo que el maestro decidió que cada escolar narrara su versión como la recordara.
    Todos coincidieron en que los Caballeros Gigantes, altísimos, salían al amanecer montados en unos caballos tan descomunales como ellos. Sus capas y ropas blancas, parecían amarillas y brillaban por la cantidad de adornos de oro con que las habían confeccionado. Sus caballos también parecían amarillos, las espigas y remaches de sus aparejos y arreos destellaban. Todos sabían que se dirigían a las grandes peñas de las montañas a cuidar sus tesoros, y que todas las tardes, cuando el sol se ponía, regresaban cargados de oro, más refulgentes que cuando partían por las mañanas.
    Pero, sin ponerse de acuerdo, casi la mitad de los alumnos decía que los Mouros, montados a caballo, regresaban al Castro de la Torquina en el ocaso del día y que los majestuosos gigantones desaparecían esfumándose por sendos agujeros que sellaban con puertas de piedra encerrándose con sus riquezas.
    El resto del alumnado, poco más de la mitad, narraron que los Caballeros Gigantes volvían todos los atardeceres al Castro del Torcanón, a sus enormes casas de altísimas puertas para que entraran en ellas sin descabalgar ni bajarse de sus grandes caballos. Allí, una vez dentro con sus talegas de oro, como si a cal y canto fuera, los Mouros sellaban las puertas de sus mansiones.
    Ante tales resultados los jóvenes decidieron por unanimidad acechar la llegada de los Caballeros Gigantes, un atardecer en el Castro de la Torquina, otro en el Torcanón, pero nunca lograron ver ni los agujeros ni las casas donde se escondían, por lo que el maestro les tuvo que volver a explicar que los Mouros eran entes míticos, amorfos, cuidadores de oro, sólo son leyenda.

 

Las Torcas

    El castro de las Torcas era el más encantado de todos los castros de Quintana de Fuseros. Se eleva como un águila, desde él se avizoran todos los demás, la Torquina, el Torcón, la Torca, el Torcanón, el Chano Mayor, Torre..., todo el valle del Era o valle del oro. Se ven las grandes Peñas de Piedrafita, filones de los tesoros de los mouros, la Peña del Oso, la Peña del Era, la Peña del Aguila.... Los espíritus de los mouros que encantaban los castros y las Peñas, convertidos en águilas, aún vuelan sobre el valle custodiando los tesoros, los tesoros de los mouros.
    Todos los niños que nacen en Quintana de Fuseros nacen encantados por los mouros, son amigos de las águilas y van a jugar al  Castro de las Torcas, hacen senderos en zigzag para subir hasta la corona y volar con la mirada sobre las casas del pueblo y el valle del oro. Todos tienen un recuerdo, rememoran su lugar, el bosquecillo de retamas de la ladera del castro, parque que lo hicieron los mouros porteando con cestos la tierra roja que lavaban para sacar de ella las pepitas de oro con las que hacían sus tesoros, parque donde se encontraban las casas de los grillos y las hormigas, jardín de las rosas silvestres, de las malvas y olor a tomillo, desde donde se comenzaba a ver la vida y se pedían los primeros deseos a los mouros encantados.

El río Era, la Princesa y la Tormenta

    Era Fuseros el pueblo de los buscadores de oro, de los cavadores, de los fosores, de los lavadores de las arenas, un pueblo peculiar e importante como en todas las conquistas, y  sobre todo éste en la ocupación romana.
    Por su situación, en el valle submontañoso, en la concurrencia del río Era y los Corros, se libró de las iras del godo Teuderico en el siglo V así como, casi cinco siglos más tarde, del implacable paso de las tropas ismaelitas de Almanzor destruyendo el Camino de Santiago, que pasaba dos kilómetros más abajo por el valle del Era, por la villa de Taurón o Toral, que se había construido sobre las ruinas de Interamnium Flavium. Esta circunstancia hizo que, por su seguridad, se convirtiera en lugar de refugio para una princesa que en él habitaba.
    Esto explicaba el maestro y pidió a sus alumnos que narraran cómo habían oído a sus abuelos contar la historia de la fundación del Monasterio de Santa Leocadia o del Fontanal, y lo relataron como sigue.
    Cuenta la tradición que una noble dama de Fuseros tenía un hijo pequeño que se divertía jugando con otros niños del lugar bajo la sombra de los alisos en la orilla del río, lugar al que iban a ver los pajarillos y las truchas, y en los remansos lanzaban pequeñas piedras para ver expandirse sus ondas en el agua cristalina, donde aprovechaban para bañarse los días cálidos de verano.
    Un día del estío, canicular y de tórrido sol, como de costumbre, se chapuzaban y jugaban salpicándose en el pozo junto al molino, al que llegaba el agua por un canal de madera, hecho con un gran tronco, y, después de mover ruidosamente el rodezno para que la muela dentro del molino convirtiera en harina los granos de trigo o centeno que los lugareños llevaban en una quilma a lomos de un burro, volvía al río donde se divertían.
    Aquel día repentinamente se oscureció la tarde, la luz del sol que pasaba por entre las nubes era amarilla y pronto comenzó a sentirse el retumbo de los truenos. Los relámpagos zigzagueaban por el aire sobre las montañas y el fragor de la tormenta se extendió por el valle. Las gruesas gotas de lluvia caían estrepitosamente rompiendo las hojas de los alisos y los árboles de los prados; los arroyos, fuera de sus cauces, corrían hasta el río por los caminos y las laderas de la montaña convirtiendo sus aguas en una impetuosa corriente.
   Los niños se apresuraron para cobijarse bajo el dintel de la puerta del molino y el saliente tejadillo bajo el que los labradores ataban sus asnos cuando llevaban o traían la carga para que no se mojara. Pero en este momento de emergencia y confusión el hijo de la princesa, al posar su pie sobre una redonda y lisa piedra, se resbaló cayendo al agua del río, que se había convertido en una gigantesca torrentera, arrastrando consigo al pequeño.
    ¡No se lo podían creer!, fue visto y no visto. No habían llegado al cobijo, no les había dado tiempo a vestirse, la ansiedad del infortunio les ahogaba. Dos de ellos corrieron a decírselo a su madre, los otros, llorando y semidesnudos corrían río abajo con la esperanza de rescatar al pequeño amigo. La noticia sobresaltó al vecindario que, a pesar de la tormenta, acudió presto al salvamento del niño. La princesa, desconsolada, lloraba con gran amargura y dolor, pero la angustia no la abatió en la desesperación. Sus lágrimas se deslizaban por sus mejillas, que secaba con un pañuelo de seda, mientras levantaba su frente en oración al cielo en demanda de socorro para su hijo, pues sólo un milagro podía salvarlo, haciendo promesa a Nuestra Señora de edificar un templo en el lugar donde fuera encontrado sano y salvo.
    Con gran desesperanza los vecinos de Fuseros y los niños corrían por la orilla del río, y en el cielo eran escuchados los ruegos de la angustiada madre. Las bravas aguas se toparon con una barrera de troncos y ramaje que los labradores hacían en el río para sacar el agua por una presa para regar sus prados y fincas, y por ésta las mismas aguas echaron al niño hasta los aguales de los prados del Fontanal, donde fue recogido por los convecinos sin que ningún daño le hubiera pasado, y  se lo entregaron a su madre que, dando las gracias a la Virgen Nuestra Señora, cumplió su promesa y levantó en su honor un templo.

    Esto ocurrió, añadió el maestro, durante el primer cuarto del siglo nueve, y este santuario se convirtió en un cenobio, el monasterio de Santa Leocadia, que dirigieron los monjes San Moisés y San Valerio. Más adelante, a la muerte de estos santos varones, se convirtió en iglesia parroquial, siendo en el siglo XIV la parroquia de Nuestra Señora del Fueyo, de la feligresía de Quintana de Fuseros y del Coto de las Herrerías de Marciel hasta el año 1807.

 

La Vega de San Claudio

    Desde Fuseros, ascendiendo hacia Piedrafita por el río Era se encuentra la Vega de San Claudio, donde los pastores bucólicamente miraban al cielo y contemplaban el sol y el brillo de los frutos rojos del capudre en primavera a la orilla del torrente recién nacido.
    Dicen que en este lugar fue encontrado este Santo hace mucho tiempo, a él se vino a retirar después de estar caminando toda la noche y allí quería hacer su morada, pues, como santo siervo, dejaba la suya para que en ella se instalara la Madre de Dios, como explicó el cura a los feligreses.
    Cuando se enteraron los vecinos, los habitantes de Quintana de Fuseros, de la desaparicióndel Santo de su Capellanía, inmediatamente se reunieron en Concejo al que invitaron al cura del lugar.
    - Hay que tomar una decisión urgente y buscar a San Claudio, decía Juan Alvarez de la Vega, Alcalde Pedaneo.
    - ¿Sabe Ud. dónde podrá estar el Santo?, preguntaba el Regidor, Juan Molinero a D. Pedro Vidales García, que así se llamaba el cura.
    - Pues no lo sé, afirmó el clérigo con cierto disimulo, cuyo empeño era trasladar la celebración de los Santos Oficios de la iglesia del Fontanal, parroquia de Quintana y el coto de Las Herrerías de Marciel, a la Capilla de San Claudio, que estaba en el centro urbano, mientras que aquella estaba alejada y había que cruzar el río que muchos inviernos llevaba el puente y dificultaba las celebraciones en el templo parroquial, que ya tenía sus paredes algo deterioradas.
    Pero los vecinos estaban convencidos de que la Capilla de San Claudio era de San Claudio y la iglesia parroquial era la de Nuestra Señora del Fueyo, herencia de un monasterio, el de Santa Leocadia. Todos los años se arreglaba el puente y se acondicionaba el camino del templo parroquial, que estaba empedrado, y, si el edificio necesitaba una reforma, se ofrecieron para comisionarla y realizarla con su aportación. Por ello, a instancia de la feligresía, que quería poner las cosas en su sitio y advertía como caprichosa y unilateral la decisión del cura, Toribio Alvarez, que era el Procurador del Común, rogó al presbítero que expusiera y diera mejores razones para realizar el cambio de las costumbres religiosas que se proponía.
    Durante las palabras del cura, que se olvidaba de que no estaba en el púlpito, se organizaron corros y murmullos que poco a poco iban en aumento y oyéndose mejor, llegando hasta el borde de las imprecaciones y la condena de la pertinaz insistencia del párroco. Tuvo que intervenir el alcalde para imponer orden, logrando que la feligresía volviera a escuchar, momento en que el alcalde, el regidor, el procurador y el cura aprovecharon para disponer ponerse de acuerdo. Las autoridades del pueblo propusieron buscar al Santo titular de la Capellanía y que todo permaneciera como estaba; el eclesiástico estaba de acuerdo en la búsqueda, pero continuando con sus pretensiones y aparentando dar ventaja a los feligreses, propuso que fuera rastreado primeramente por los feligreses, él lo haría al día siguiente, y así, quien lo encontrara primero tenía razón, es decir, que San Claudio seguiría presidiendo su capilla y los Santos Oficios seguirían celebrándose en el templo parroquial del Fontanal.
    Bien, aunque algunos discrepaban, casi todos estaban de acuerdo, y accedieron a lo convenido. Los feligreses se afanaron en buscar la estatua del Santo Militar mientras el cura esperaba su oportunidad.
    En vano registraron casas, infructuosamente registraron caminos y lugares, fue una jornada inútil, el Santo no apareció, para regocijo del cura, pues de su mano estaba guardado en un escondite muy difícil de sospechar.
    Llegó el turno del clérigo, que después de celebrar los Oficios del día, tras dar alguna vuelta por el pueblo, se dirigió río arriba, montado en su caballo. Ante la incredulidad de la gente de que por esa vía pudiera encontrarlo, nadie lo siguió, por lo que pudo tomarse un descanso en Fuseros haciendo más largo y disimulado el hallazgo.
    Transcurría el día y el pueblo se regodeaba de que el cura tardara en regresar. Un gnomon marcaba en una losa numerada, que hacía de reloj, sobre la puerta de la taberna las seis de la tarde. Algún vecino ya pensaba en organizar una nueva búsqueda, cuando ¡Oh sorpresa!, por la calle de los Rabanales bajaba el cura y traía la estatua de San Claudio solemnemente atada sobre su caballo . La gente, incrédula, se signaba y acudió en procesión tras el Santo que fue entronizado en su capilla, donde presidiría desde lo más alto del retablo las celebraciones de los Santos Oficios que allí se celebrarían definitivamente. Su hornacina fue ocupada por Nuestra Señora del Fueyo patrona de Quintana de Fuseros.

El Año de la Gran Quemada

      En su casa todavía hacía la lumbre bajo el fogaril del que colgaba una pregancia, que casi llegaba hasta las trébedes que reposaban sobre una gran piedra redonda en medio de la estancia, una de cuyas paredes ahumadas amueblaba una alacena que hacía de despensa y hornacina de la poca porcelana y utensilios que le hacían falta. Un escaño de tabla ennegrecido, arrimado al hogar y pulido por el uso, era el confort que tenía. Cerca de él, para que pudiera atizar con facilidad y no se le apagara la lumbre, se encontraba un maniego, canasta de mimbre entre cesto y talega, lleno de leña de roble y algún tuérgano, o cepa de brezo, que un sobrino le preparaba en el terrado que le servía de bodega y leñera.
    La tía María vivía sola, era muy mayor y caminaba apoyada en un cayado sin torcedura, hecho de una vara de avellano. Era de estatura pequeña y su apariencia senil le daba cierto aire distinguido, reflejo aún de sus años pasados. Su soledad la obligaba casi todos los días a visitar al atardecer la casa de algunas vecinas, donde encontraba compañía y un calor distinto al de su casa. Allí podía narrar los cuentos que su memoria recordaba. La llamaban la tía Morica por el aspecto pronosticador y porte de leyenda que consigo llevaba.
    Entre las leyendas que contaba, la historia que más impresionaba a los niños era la del "Año de la Gran Quemada", como ella la llamaba, y su sobrino la reconstruía como sigue, cotejando un retazo de historia reducida al ámbito de Quintana de Fuseros.
    - Aquel año todo el pueblo se quemó. Las llamas, cebadas en la paja de los techados, subían hasta el cielo durante la noche y el día. Las paredes caídas y ennegrecidas, las vigas de madera, que sólo eran tizones, estuvieron echando humo más de una semana. Muchos animales que no hubo tiempo de sacar de los corrales para los prados y para el monte perecieron achicharrados.
    Era el año 1809, el ejército gabacho se retiraba de Galicia situándose en Bembibre desde donde tramaron aniquilar todos los pueblos de la redonda. Es así como los salvajes franceses del tiempo de Napoleón, que querían comerse España, llegaron una tarde hasta Quintana. Venían tras los miembros de la Junta de Gobierno de aquella villa, que con sus archivos se refugiaron aquí. Estos fueron los que dieron el toque de alarma, las campanas de la torre de la iglesia tocaron a arrebato.
    Todos los vecinos huían por el Fueyo hacia el monte con jamones, chorizos, longanizas, cecinas y lo que se podía cargar en sacos y talegas. Algunos aún pudieron enyugar los bueyes y largarse con el carro atestado de utensilios y fardos.
    Fue al anochecer, los soldados galos entraron hacia el pueblo por el Avesadero, cayendo sobre él desde el alto del castro de las Torcas. Unos trotaban por las calles con sus caballos relinchando y amedrentando a los últimos vecinos que huían; otros, a pie y armados hasta los dientes, incendiaban las puertas de las casas, los pajares y techados de los corrales con teas de fuego.
   Los despavoridos vecinos habían escapado más allá del Fontanal, hacia la Llaviega y Fuseros desde donde veían cómo todo el pueblo era arrasado por las llamas. ¡Hasta la iglesia!, no quedaba nada.
    Los gabachos, divertidos con su fechoría, no se atrevieron a seguir tras los huidos, pues desde el lugar donde se pertrecharon éstos era fácil hacerles una emboscada y ellos, aunque bien armados, sólo eran un grupo, ya que se habían distribuido en guarniciones para incendiar los pueblos de la contorna. Tras realizar algún pillaje, emprendieron la vuelta hacia Bembibre para juntarse allí y seguir la marcha.
    El olor del fuego y de los animales muertos hacía insoportable el volver de los vecinos al pueblo. Todo quedó arruinado. La desolación y la angustia fue su compañía durante mucho tiempo.
    ¡Fue el año de la Gran Quemada!
    Aquel año nació el bisabuelo de la tía María, y nos lo contaba como se lo había contado a su padre su abuelo, que lo aprendió del bisabuelo, que fue quien vio las lágrimas de su madre cuando contemplaba tanta ruina mientras preparaba la comida para su padre, el tatarabuelo, que le había detallado las penurias de la huida con su esposa embarazada el Año de la Gran Quemada.
    Aquel año se recuerda en una placa, en la placa de la calle Quemada.    

La Campa de la Batalla del Era

      Rayando el día, el campamento estaba iluminado por el sol y del pretorio salía ataviado con su capa de color púrpura, que demostraba su autoridad, el legado imperial. Hasta él se acercaron los tribunos, con quien durante las dos primeras velas de la guardia nocturna habían estado reunidos en el forum, donde habían mantenido una asamblea para estudiar el modo de acabar de una vez con las guerrillas de los tagarros, clan de los astures susarros que habitaban la vieja ciudad de Tagarros y eran llamados así por su sagacidad y estrategia, y se pertrechaban en su último baluarte, una campa junto al Corralín de las Viellas.
    Muy lejanas quedaban las batallas de los Mozones, de Collada, Quemados y las Candales. Todo fue arrasado a fuego, como la ciudad de Tagarros y el campamento del Brasón. Sobre Fuseros y Pomareyos las fogaratas rodearon y aniquilaron el de Ardiegos. Ya les quedaban a los astures menos campas donde organizarse, sólo la Campa Grande y los Manantiales de los Corros, desde donde planeaban alguna escaramuza contra los provistos y preparados soldados romanos, que los habían arrojado de la llanura del Valle del Era, de las Torcas y campas de los lugares inferiores de la montaña. Todos estos proyectos de refriegas y pequeñas batallas las ejecutaban los corros de soldados astures en pie de guerra con extremada sagacidad, cayendo sobre las organizadas tropas romanas a través de la campa el Cuerno y Fuyinas.
    Los tribunos y centuriones arengaban a sus cohortes y centurias y les conjuraban para que fuera aquel el último día de los tagarros. Los "signifer", o porta estandartes, y los que llevaban las águilas, emblema de Roma, llamados "aquilifer", elegidos ellos entre los legionarios por su valor, sentido común y sangre fría, pues eran los que animaban a combatir y mantenían al ejército unido y en orden, formaban al frente de cada centuria. El grupo más importante de la infantería era el de los lanceros, que formaban en primer lugar, luego lo hacían los "principes", que iban en avanzadilla, y luego los soldados de reserva y los auxiliares, reclutados éstos entre las distintas regiones del imperio; al final se ordenaban los escuadrones de caballería al mando de sus decuriones.
    Finalizadas las amonestaciones a los legionarios y la proclama de guerra, el legado, ataviado con su "paludamentum", capote escarlata de general de la Legión, se dirigió al ara para hacer una ofrenda demandando de Marte, el dios de la guerra, la victoria.
    Los lanceros partieron los primeros al combate ascendiendo por Fuseros y Ardiegos hasta los Corros, donde se encontraron con la caballería que, aunque salió posteriormente, más ligera, había subido por Fuyinas haciendo retirarse a los guerreros astures por la Campa Grande, Piedrafita y la Colladina hasta la ciudad de las Viellas.
    Las huestes romanas, esperando la llegada del resto de la infantería legionaria, que ascendería desde el campamento por la otra parte para pillar en el medio a los guerreros tagarros, se apostaron con aparente y maquinada tranquilidad en la Peña de la Silva, sobre la Ciudad de las Viellas. A los tagarros sólo les quedaba el baluarte defendido por las mujeres, la pequeña guarnición del Corralín de las Viellas, que así se llamaba por ser una fortificación defendida por un pequeño ejército de mujeres. A él evacuaron a los niños, las mujeres y heridos, y los hombres se organizaron prestos a defender la ciudad apostados en ella.
    El calor de la tarde planeaba como el vuelo del águila su gravedad por el aire. La incertidumbre y el nerviosismo ofuscaba las mentes de los sitiados presintiendo la inminente caída de los legionarios y su caballería sobre la ciudad. El resplandor del sol hacía brillar las lanzas y espadas romanas como garras afiladas del ave de rapiña. Momentos terribles se hacían presagiar. Los caballos, cómplices, resoplaban queriendo quitarse el freno y escarbaban el suelo en un intento de lanzarse ya sobre los perseguidos. Sus relinchos rebotaban en la peña del Era y llenaban los hondos valles de los ríos haciéndose protagonistas de los momentos previos a la batalla que se avecinaba.
    Los guerreros astures, armados con lanzas y espadas, se miraban unos a otros dándose ánimo, profiriendo entre ello gritos de guerra que desafiaban a los lanceros y caballería del ejército romano, bramidos a los que se unían los chillidos de mujeres y niños desde la cercana trinchera del Corralín. El tiempo se convertía en impaciencia y la ansiedad turbaba el aire.
    Desde la Silva se veían acercar los estandartes de las primeras centurias a la espalda de los defensores de la Ciudad de las Viellas. De repente la lanza número uno, el centurión jefe de los lanceros, grita la orden de ataque iniciando los legionarios el asalto a la ciudad. Unidos y en orden, con paso vigoroso que retumbaba en la tierra, bajan la ladera. Los tagarros enmudecen esperando el momento del cuerpo a cuerpo, ya están cerca los romanos. Un repentino grito hace que las primeras lanzas se crucen, momento en que la caballería se arroja velozmente y entran en la ciudad blandiendo sus espadas que golpeaban las cabezas y cortaban los pechos de los guerreros astures. Estos van cediendo terreno, las calles del poblado se llenan de sangre y muertos. Los tagarros, bramando, se replegaban fuera del burgo, rodeado de fuego. Perseguidos por la caballería, comienzan a huir hacia el atrincheramiento de las mujeres y los niños.
    La infantería romana que había ascendido por el Avesadero y la Cantiada, formaba ya una línea circundando el Corralín y la campa por el costado Oeste y el Sur, estirando los extremos de modo que los lanceros y la caballería, que perseguían por la loma a los astures, se unieron con ellos formando un círculo en medio del cual se encontraban los guerreros tagarros defendiéndose de los aceros de la caballería que lanzaba tajazos sobre ellos sin piedad. El círculo se estrechaba poco a poco cada vez más, hasta que, cansados, aturdidos y semidegollados los indígenas por la caballería, se llegó al cuerpo a cuerpo. Los que podían huían tras la trinchera del Corralín, donde las mujeres se defendían del ataque de los romanos que osaron caer sobre ellas, más como lobos que como soldados en guerra, pues las perseguían y mordían como alimañas. Los niños lloraban y chillaban buscando esconderse. La campa quedó cubierta de muertos con los pechos acuchillados por las espadas; los cuerpos rematados por las lanzas semejaban estar clavados a la tierra, la sangre hacía regueros tiñendo el tapiz de hierba de la campa y la tierra, convirtiendo el agua de la fuente y el arroyo en fluido escarlata que bajaba hasta el río.
    Los romanos entraron en el Corralín de las Viellas, saltaron la trinchera, alzando sus espadas sobre las cabezas de los tagarros, acuchillando y matando hasta que, cansados, desarmados, todos los que no se pudieron dar muerte por sí mismos por el veneno o el fuego antes que rendirse, arrinconados, caídos y amontonados, hombres, mujeres y niños fueron atados y conducidos al fortín de Interamnium Flavium. Con los cadáveres se hicieron pilas que el fuego quemó, y arrasó la campa, el Corralín y la Ciudad de las Viellas. Las llamas ascendían hasta el cielo como una gigantesca tea, el monte ardía, los viejos robles y encinas se carbonizaban, el viento llevaba las columnas de humo que oscurecían el día.
     Los bramidos de los tagarros luchando e inmolándose aún desgarran las rocas; en Requejo se oyen los chillidos y llantos de mujeres y niños, cuyas lágrimas, convertidas en pepitas de oro, guarda el río Oureo, y el río Era todavía llora la última batalla de los astures, él y la campa la recuerdan, La Campa de la Batalla del Era.

La Cruz Cercenanda

      Llegó la hora de la redacción y el maestro preguntó qué significado tenía la palabra "cercenada", que era el nombre de un lugar en el deslinde de los pueblos de Boeza, Igüeña y Quintana de Fuseros, en el que se unen dos vías. Una de ellas iba hacia la Cepeda ascendiendo por un antiguo poblado sobre Boeza, hoy topónimo llamado Llampazas, significativamente de la familia lámpara o lugar por donde nace el sol, y continuaba por Almagarinos y las Bárcenas, Brañuelas y otros pueblos cepedanos. La otra pasaba por San Martino, monasterio del que, probablemente, se localiza a escasos trescientos metros de este cruce, ya en territorio del término de Igüeña, una necrópolis, y continuando por Colinas llegaba a las Omañas pasando por la campa de Santiago, donde nace el Boeza. A esta unión de caminos se la llama Cruz Cercenada, antiguamente para los peregrinos era la Cruz Alta.
    A tal pregunta los alumnos respondieron que el significado de cercenada debía ser cortada, talada, truncada, segada, decapitada..., pues de esta manera oían en relatos a cerca de la antigua cristiandad que muchos mártires eran decapitados o les cercenaban la cabeza, como a San Juan Bautista, tal cual dijo uno.
    - Muy bien, señaló el maestro, resaltando el mérito de sus alumnos, pero continuó preguntando, ¿Quién sabe por qué a este cruce de caminos se lo llama Cruz Cercenada?.
    - Pues porque allí hubo una cruz y la cortaron, dijo uno de los más atrevidos matizando impersonalmente el hecho.
    Otro, más reflexivo, dijo que oyó contar a su madre que había en ese lugar una cruz y otra en el castro de la Torquina, donde se cruzan otros cuatro caminos y por ello se llama la Cruz de Llamagunda, y que tales cruces, símbolos cristianos, fueron destrozadas por hombres malos que les tiraban piedras al pasar, de ahí los montones de peñascos que se formaron, y, para evitar la profanación de tales cruces, no se volvieron a colocar.
    - Debéis recordar, dijo el maestro, que los astures, antiguos habitantes de esta zona, señalaban los cruces de los caminos acumulando montones de piedras en ellos, y, además de indicar a dónde iba cada vía, el caminante, de ser necesario señalar el lugar al que se dirigía, colocaba una piedra, así se formaron estas aglomeraciones.
    Posteriormente, continuaba explicando, durante el dominio romano, estos cúmulos se llamaron Montes de Mercurio, en honor al dios del comercio y mensajero de los dioses, hijo de Júpiter, al que los romanos representaban con un sombrero de dos alas, el caduceo y dos alitas en los pies. Era el patrono de los mercaderes, de los mercados y de las ganancias, el equivalente a Hermes, divinidad griega, del que la mitología dice que con su vara de olivo, rematada por dos pequeñas alas, separó a dos culebras que luchaban, por lo que ese bastón, o caduceo, lleva en torno a él dos serpientes entrelazadas y se convirtió en símbolo de embajadores y heraldos, o mensajeros.
    Más tarde, proseguía, en la era de la cristianización, se colocó sobre estos hacinamientos de piedra, una cruz, de madera, de hierro o de granito, cristianizando el simbolismo pagano de los mismos.
    De esta aclaración dedujeron los jóvenes el significado de las acumulaciones de piedras y cómo se fue transformando su significado en mitológica alegoría, por lo que cuestionaban que los hombres apedrearan los signos cristianos.
    A tal duda tuvo que aclarar el maestro que los hombres malos a los que aludía la madre de uno de los alumnos, se refería a las tropas islamitas, mandadas por Almanzor, cuando llevó a cabo su incursión devastadora en el año 897 hasta el Santo Sepulcro del Apóstol Santiago, a donde ya acudían peregrinos de todo el orbe, y así infligir una derrota ejemplarizante a toda la cristiandad, arrasando a sangre y fuego el Camino Jacobeo, destruyendo pueblos y ciudades.
    Entre estas antiguas mansiones destruidas estaba Interamnium Flavium, nombre de una colonia romana que ya se llamaba Toral, emplazada en el lugar de este nombre y los Burgones, por la que pasaba el Camino de Santiago, siguiendo una calzada que había construido en el siglo I el emperador romano Tito y se llamaba Vía Nova, yendo desde Astorga hasta Braga (Portugal), pasando por Interamnium, Bergidum e Iria Flavia, llamada hoy Padrón, cerca de donde apareció el cuerpo del Apóstol Jacobo.
    Mientras esto decía, les señalaba en una maqueta, que los alumnos habían construido y representaba pintada con distintos colores la orografía del pueblo, el antiguo camino que pasaba por los Burgones y la Pedrosa hasta la Cruz Cercenada, esclareciendo que este penúltimo topónimo significa empedrado, cual eran construidas las vías, que diseñaban los topógrafos de la manera más recta posible, por los ingenieros y constructores romanos, que generalmente eran militares de las legiones.
    Se extendía comentándoles que en ellas colocaban hitos de piedra señalando las millas y las distancias de una ciudad a otra, mansiones que eran como postas del correo público; así desde Bergidum (Castro Ventosa, Cacabelos) hasta Interamnium (Toral, Quintana) había XX millas, equivaliendo cada milla a 1.666 m., tramo reflejado probablemente en un miliario que hay al lado del templo parroquial, que no tiene escritura por haber sido borrada para evitar confusiones, pues pertenecía a una vía antigua sobre la que se construyó la Vía Nova, modificando a aquella y cambiando su señalización, ya que el emperador Vespasiano, que renovó las costumbres de Roma, entre ellas las medidas, pasando la equivalencia de la milla a corresponder a 1.481 m., por lo que al  miliario de este trecho de la nueva vía le correspondía señalar la distancia de XXIII m.p. (mil pasos). Les explicaba, haciéndoles un pequeño ejercicio de matemáticas, que hallaran la diferencia de las dos equivalencias y multiplicaran por el número que debía reflejar el antiguo mojón, teniendo en cuenta que en los hitos de piedra los romanos no incluían los decimales, y les equiparaba con el hecho de colocar cada señal pétrea unos metros antes, aumentando así su número.
     Antes de seguir hablando de la sangrienta, triste y devastadora destrucción de Interamnium Flavium, un alumno le preguntó qué significaba Interamnium Flavium, a lo que él le contestó que era un vocablo latino que significaba lugar entre dos fondos, madres o lechos de lagos o ríos y en Quintana de Fuseros hay dos topónimos que así lo dicen, Fondo las Llamas, que anegaba el arroyo Refueyos, y Fondo Veigas, remanso del río Era, laguna desecada para las explotaciones auríferas a cielo abierto de San Adrián, al cortar la roca que lo atravesaba en la Fuente Fría o Corrales, no pudiendo significar entre dos ríos, como se ha generalizado y dice todo el mundo menos nosotros, porque sabemos que a un sector o terreno entre dos cursos de agua que se juntan se le llama interfluvio. El cognomen de Flavium le proviene de la dinastía flavia, recordad a los emperadores Vespasiano, Tito y Domiciano, que, como a otras ciudades españolas, le dieron el derecho latino, llamado ius latii, y el rango jurídico de distrito o ayuntamiento.
    Bien, prosiguió, arrasado Interamnium Flavium, ocupados los reyes en la guerra contra los musulmanes, el Camino de Santiago era reconstruido por los obispos, llegando el metropolitano de la diócesis compostelana a reconstruir hasta Bergidum. No pasó lo mismo con el tramo entre Astorga y Bergidum, ni con Interamnium, con cuyas ruinas se reedificó el señorío religioso de San Justo, pues podéis ver en el pórtico de su iglesia el miliario dedicado a Tito Vespasiano indicando los M.P. XXIII, y, respecto al camino, para la prelatura astorgana lo más fácil fue favorecer el paso de los peregrinos de la Maragatería al Bierzo por otro lado, por Foncebadón, senda por la que los musulmanes no pasaron ni arrasaron, por donde los peregrinos, al no repararse el camino por la Vía Nova ni sus pueblos, ya comenzaban a pasar, y para desagraviar la Cruz Cercenada, que era un símbolo del Camino Jacobeo, talada con saña y rabia por los infieles agarenos, al lado de la senda se implantó sobre un pedestal de piedras amontonadas, a semejanza de los cúmulos o montes de Mercurio paganos, otra cruz, la Cruz de Ferro, que seguiría siendo símbolo para los peregrinos, cruz homóloga de la Cruz Cercenada.