Herrerías de
Marciel
Las casas
nobiliarias que dominaban el Bierzo, durante el siglo XV, iniciaron un proyecto
industrializador de la zona promoviendo la siderurgia en la comarca, para lo que crearon
sus empresas y factorías dedicadas a la fundición y transformación del mineral de
hierro, lo que redundó no sólo en beneficio de los señores, sino que significó el
progreso y un innovador desarrollo para los pueblos y las gentes, cuya economía se basaba
exclusivamente en la agricultura, ganadería e industria textil. Como fruto de este
impulso surgieron las herrerías de Valcarce, en el valle del Valcarce; las de Arnado y
Ponte Petre, en el del Selmo, y las de Marciel, en el valle del Era.
En el lugar de Marciel existían sedimentos de hierro y
estaba rodeado de montes poblados de urces, de cuyas raíces se hacía el carbón vegetal
para las fraguas; la madera de roble y castaño era abundante en el ámbito del valle del
Era, y este río, generoso, unía sus aguas con las del arroyo de Marciel antes de
acoplarse al Boeza. Era un lugar bien comunicado, y, por todo ello, fue elegido para
instalar en él unas herrerías, surgiendo así dos factorías de fundición y cuatro
fraguas en un anejo de Quintana de Fuseros, coto próximo a una vena de hierro de donde se
extraía la materia prima de este mineral.
Para llevar a cabo esta empresa siderúrgica, una vez elegido el lugar,
fue preciso construir los edificios necesarios para albergar las fábricas de la
factoría, así como proporcionar la residencia al personal encargado de la
administración y a los empleados técnicos en la fundición y acabado del hierro, pues
trabajaban día y noche desde el principio del otoño hasta el final de la primavera con
el objeto de aprovechar el agua y, además, éstos, que eran maestros en el oficio,
procedían de otros lugares o provincias.
Las herrerías se construían de una manera semejante unas a otras y se
componían de un taller, que era el lugar principal, la nave de la factoría o local de
producción, donde estaba el horno; un almacén o barracón anejo en el que se depositaba
el mineral y las planchas producidas, cingladas y dispuestas para la venta, y una ragua en
la que se calcinaba el mineral de hierro hasta cambiarlo casi a estado metálico. La ragua
era una excavación en el terreno, fuera de la fragua, que solía comunicarse con el horno
mediante una canal o zanja, colector que servía para transportar el hierro raguado hasta
el horno para elaborarlo y hacer las zamarras, que, una vez cingladas, se transformarían
en las planchas aptas para la venta.
El recinto de manufactura y transformación del metal albergaba una
fragua y un martillo. Este mazo estaba accionado por un artilugio, que entraba por la
orilla de una pared, movido por el agua al caer sobre una rueda que poseía en su extremo,
y es donde se estiraba el hierro y se producían las barras metálicas. La fragua estaba
formada por un machón o pilar de sillería, llamado cadenarte, un horno y dos fuelles
grandes o barquines. Los fuelles eran accionados por otro madero, que penetraba por la
otra orilla de la pared del recinto y se movía mediante otra rueda hidráulica, y
funcionaban asincrónicamente produciendo aire incesantemente para alimentar la
combustión en el horno. Este era de forma circular, de unos treinta y cinco centímetros
de anchura y otro tanto de profundidad, algo más estrecho en el fondo, se apoyaba en el
cadenarte y tenía una abertura tubular en la parte inferior y lateral, que atravesaba el
pilar para que a ella se acoplaran los cañones de los barquines y entrara el aire que
éstos producían al crisol. Para sangrar la fragua se hacía correr la escoria que
resultaba del carbón y del hierro por un agujero, que a este fin tenía el fogón en el
lado opuesto a la tobera.
La empresa estaba al cuidado de un mayordomo o administrador, por
cuenta de quien se hacían todos los trabajos, y éste tenía un mozo que le ayudaba, con
el título de pasante, que era el que recibía y llevaba cuenta del mineral de hierro y
del carbón que entraba, así como de lo carros de leña y otras provisiones y gastos que
se originaban, y anotaba la producción realizada que pasaba al almacén, y los envíos y
partidas que salían vendidos, generalmente hacia Castilla y Portugal. Estos eran los dos
empleados que había en el establecimiento para su gobierno y dirección.
El resto de operarios u oficiales de la factoría estaba compuesto por
un tazador, dos fundidores y dos tiradores. El tazador era el molinero, que rozaba y
removía el mineral hasta dejarlo menor que el tamaño de una bellota, y ayudaba a los
demás trabajadores. Una vez molido, antes de echarlo en la fragua, el mineral se
calcinaba en la ragua o fosa, fuera de la herrería, al aire libre, formando una gran pila
de mineral y madera verde, gruesa y sólida, de roble y castaño. Este montón hacinado
permanecía ardiendo seis u ocho días, y tardaba otros tantos o más en
concentrarse y enfriarse, hasta llegar a ponerse casi en estado metálico. Esta operación
preliminar la ejecutaba algún paisano de Quintana o pueblos cercanos práctico en ella,
que se ayudaba de otras tres o cuatro personas. Generalmente no se hacía más que una vez
al año, pudiendo combustionarse unos ciento cuarenta mil o ciento cincuenta mil kilos de
mineral y gastarse doscientos carros de leña.
Desde la ragua, se empujaba el hierro a través de una zanja hasta la
fragua, donde los fundidores lo reverberaban hasta crear una bola pastosa, llamada zamarra
o agoa, de la que se encargarían los tiradores para cinglarla y estirarla con el mazo,
desprendiéndola de las escorias y cerrando sus poros hasta convertirla en una barra. Uno
de los tiradores era el capataz, que llamaban aroza, y se encargaba del buen estado y
funcionamiento del mazo y la rueda que lo accionaba, así como los fundidores se
responsabilizaban de tener preparada y sangrada la fragua y listos los barquines o
fuelles, accionados también por otra rueda. En cada fundición entraban unos ciento
cincuenta kilos de hierro que se transformaban en barras de unos sesenta o setenta kilos.
Cada fundidor tardaba tres o cuatro horas en sacar su agoa, y descansaba mientras el otro
sacaba la suya, turnándose, y del mismo modo lo hacían los tiradores para estirar el
hiero debajo del mazo. Este descanso era necesario, pues en las herrerías se
trabajaba día y noche, excepto los festivos, durante la temporada anual, que podía durar
entre siete y nueve meses, según la abundancia o escasez de agua.
Entorno a esta fábrica, además del personal fijo, se afanaban
muchas personas. Los mineros extraían el estrato que los porteadores hacían llegar a las
fraguas; otras veces había que contratar algún conductor para que acarreara con sus
animales el mineral de otras explotaciones, pues el de la capa de los Mozones no debía
ser suficiente para abastecer los cuatro hornos y la calidad era distinta según los
filones, variando la producción sus virtudes según la demanda, ya que se vendía para
fabricar utensilios de labranza, forjas, cañones, armas, calderas, potes, recipientes del
hogar, y, de este modo, alguna de las fraguas se especializaba en producir barras de una
determinada categoría. El carbón, de brezo o urces, se compraba a los carboneros que
venían a venderlo, que ordinariamente eran labradores que lo fabricaban en las estaciones
que tenían poco trabajo, y lo porteaban en sus carros de bueyes, en serones con las
caballerías o al hombro en dos pequeños costales. Los trabajos de la ragua y quemado del
mineral molido se contrataba a una cuadrilla, y para ello se necesitaba una gran cantidad
de leña que debían comprar a los lugareños y gentes de los pueblos cercanos que lo
llevaban con sus carros.
Ante esta pujante y febril actividad no hubo previsión ni interés en
crear talleres y otras fábricas de utensilios en el lugar o lugares aledaños, pues las
barras de hierro eran vendidas todas para Castilla y Portugal, desde donde retornaban al
mercado transformadas en aparejos y enseres cotidianos. Con ello, como las reservas de
mineral disminuían y los bosques tardaban en regenerarse, este dinamismo fue disminuyendo
hasta la inactividad, que era total en el siglo XVII, y de este modo, en el año 1753 el
pueblo de las Herrerías de Marciel pagaba foro perpetuo sobre cuatro casas de fragua,
arruinadas tres de ellas, al Excemo. Sr. Conde de Benavente cada año, y la que trabajaba
sólo producía hierros del campo.
A finales del siglo XVIII, la administración borbónica dio un nuevo
impulso a la industria siderúrgica, pero la escasez de mineral de hierro en el Valle del
Era y la construcción de carreteras nacionales, que pasaban alejadas del lugar, en nada
favorecieron a las Herrerías de Marciel. Como fruto de este reformismo nacieron las
herrerías de San Vicente de Leira, Linares y Pombriego, pertenecientes a los monasterios
de Samos y de Montes; las de Torre y San Andrés de las Puentes, hechas por Carlos Lemaur,
constructor de la carretera Madrid-Galicia, y más tardíamente, la de Tejedo de Ancares,
creada por varios comerciantes ancareses residentes en Ferrol. Se desprende de esto que
las Herrerías de Marciel, Valcarce, Arnado y Ponte Petre eran dos siglos más antiguas
que éstas nuevas, entre las que se encuentra la del monasterio de Montes, que se exhibe
en Compludo, y a la que se le sustituyó la inyección de aire mediante barquines por la
de los torbellinos de trombas de agua.
Permaneció este anejo, resistiendo su ocaso, como un barrio que
ocupaba no más de una hectárea, como un término dentro del territorio de Quintana de
Fuseros, a donde habían migrado los apellidos vascos de los arozas, como el de Segura, y
los de otros operarios, como el de Molinero, o el de Molinete, instalándose este último
en San Justo de Cabanillas. Los intereses y posesiones de ambos núcleos se mezclaban y
las mieses las majaban y limpiaban en Quintana, en el lugar llamado Eras de las
Herrerías, en el Teso del Campillo. Las Herrerías de Marciel formaba parte del concejo
de Quintana de Fuseros, compartiendo y pagando a escote un censo redimible (préstamo con
vencimiento a voluntad del deudor), y ambos eran la misma parroquia, pues así se les cita
a la rogativa al Santo Ecce Homo celebrada en el Arciprestazgo de Boeza (Bembibre) en el
año 1774, a la que acudieron bajo la misma cruz y el mismo estandarte, como
"Quintana de Fuseros y Herrerías de Marciel". El templo parroquial, patronal u
oficial de ambos, era la iglesia de Nuestra Señora, que estaba en el Fontanal, ámbito
del monasterio de Santa Leocadia, donde se encontraba también el camposanto. No obstante,
algunas veces acudían a la ermita de Santa Lucía, cuando se celebraban los Oficios
Litúrgicos en ella, y era ésta como la iglesia particular de las Herrerias de Marciel.
El mantenimiento de las casas de las fraguas, que sólo originaba
gastos, y el pago de impuestos, que resultaba elevado para mantener un núcleo de vecinos
tan pequeño, que había retornado a vivir de la agricultura, olvidado ya del
florecimiento anterior de la siderúrgia, acarreó la paulatina descolonización del
poblado, entre los años 1826 y 1833, migrando los habitantes de las Herrerías de Marciel
a los pueblos próximos, en los que mantenían intereses y posesiones, como Quintana,
Boeza, Cabanillas o San Justo.
La presa de las Herrerías se conserva y es utilizada para el riego de
los prados que hay en la vertiente hacia el río, viéndose sus paredes derruidas que
llegan hasta una roca cerca del cauce del Era, donde se hallan los edificios de las
fraguas totalmente arruinados. Los restos de las casas se encuentran diseminados a un lado
y otro del arroyo de Marciel, entre zarzas y negrillos (olmos).
El eclipse de las Herrerías acarreó también el de la ermita de Santa
Lucía, que dio nombre al lugar del entorno de su ubicación, junto a la Cruz de Los
Castros, y su imagen se encuentra en la iglesia de Quintana de Fuseros. Relatan las
personas mayores que en este paraje también hubo un monasterio.
Marte sigue presidiendo el valle que aun presta apología al dios de la
guerra desde la romanización, el valle de Marciel, y fue el testigo de la pujanza de las
Herrerías de Marciel.
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